Un jardín de piedra ..." La memoria que me interesa -cultural, moral y hasta políticamente- es la memoria que se proyecte hacia el futuro... musealización integral de la ciudad de la Guerra Civil y de la primera postguerra... depósitos de Campsa en las entrañas de Serra Grossa..."

La bolsa de limones y la puerta del exilio

MANUEL ALCARAZ RAMOS INFORMACIÓN. El único suceso histórico de gran relevancia acontecido en Alicante fue la finalización de la Guerra Civil. Quien quiera refutar esta opinión deberá presentar otro hecho de mayor impacto en la historia europea acontecido aquí. Si aceptáramos con tranquilidad esa circunstancia -como lo hacen otros "lugares de la memoria" relacionados con avatares bélicos- podríamos aprovechar una fuente de identidad colectiva que nos negamos. Con ella podríamos practicar discursos de convivencia, resituar nuestro devenir en la gran Historia y hasta invitar a un público cada vez más atento a las geografías impregnadas de significado. Pero, otra vez, el 70 aniversario -31 en democracia- de aquel hecho se revive sólo desde expresiones cívicas pero sin liderazgo ni proyecto institucional.
¿Por qué ahora, en los últimos años, ha crecido la memoria de la Guerra, del franquismo y del antifranquismo, de la represión y del sacrificio? Creo que coinciden tres factores principales: A) Crecimiento exponencial del conocimiento histórico, que permite fundamentar pretensiones sobre bases sólidas. B) Asentamiento de la democracia con la consecuente pérdida de miedo: no puede contraponerse memoria a democracia, pues las dos se requieren en su dimensión ética y temporal, ya que la democracia arraigó en la medida en que superó el temor a la Dictadura. C) Necesidad, en tiempos de globalización, de rescatar del olvido hechos, vivencias, nombres y rostros que sirvan de anclaje y den sentido a cuestiones que se difuminan como las mismas ideologías: la idea de justicia se asocia a identidades renacidas o reformuladas, de tal modo que la privación de las fuentes de identidad es vivida como negación de la justicia, aunque sea la identidad retrospectiva de los vencidos. Así que las reivindicaciones de remembranza de la Guerra Civil en Alicante no van a cesar: más valdría, pues, alguna respuesta razonable. Por ejemplo: la que comience por la aplicación estricta de la Ley de la Memoria Histórica.
En mi memoria familiar la Guerra Civil era un suceso omnipresente pero ambiguo. Soy hijo de derrotados empeñados en ocultar la derrota, pues el terror acabó por impregnar todo recuerdo, aunque mi padre, sargento republicano, sólo estuviera preso unas horas. Sólo un tío que volvió loco de las batallas abominaba con imprudencia de ellas, pues, al hacerlo, las nombraba, y quebrando su sigilo renovaba su locura. Por el contrario, en los recuerdos de mis padres la enfermedad y las privaciones resbalaban hacia una suerte de tiniebla agridulce -al fin y al cabo eran jóvenes y durante el conflicto se hicieron novios-. No nos empeñemos en buscar en todos los casos un rastro de fervor militante: las cosas fueron más complicadas. En esa ambigüedad de los discursos acabé por percibir mucha turbación y ningún deseo de venganza. Pero también recuerdo el relato que me puso frente a lo peor: mi madrina contaba que su padre fue al mercado un 25 de mayo a comprar limonesÉ y de él sólo encontraron la bolsa con los limones. Lo escribo y me atraviesa un escalofrío: ¿cuántos de esos inmolados en bombardeos no tendrán nunca ni el modesto recordatorio de unas palabras como estas? Pero tampoco nos obliguemos a ver en ellos la encarnación de ninguna resistencia: fueron víctimas, sólo víctimas, y no nos está permitido suponer cada una de sus convicciones. Eran víctimas, sin embargo, de un fascismo rampante que ensayó con ellas sus métodos guerreros y eso tampoco hay que negarlo. Pero, sobre todo, son víctimas inocentes: ¿por qué se les ha regateado el recuerdo? No entiendo qué diferencia hay entre estas víctimas y las del terrorismo.
Un carácter distinto tienen las personas embolsadas en el Puerto: las que pudieron huir, las que se suicidaron, las que fueron enviadas a campos de concentración, las asesinadas. La tragedia grita pidiendo comprensión. Esas personas, salvo excepciones, sí eran militantes de la defensa de la República. En ese sentido Max Aub las calificaría de la mejor gente de España. Pero, insisto, no están acogidas al estatuto de inocencia genérica que requiere de aleatoriedad en el sacrificio personal. ¿Puede ello ser razón, precisamente, para negar la conmemoración, el recuerdo agradecido? Parece que para la derecha de este país sí, pues, dicen, no hay que reabrir heridas. Pero es que las heridas permanecen abiertas o no hablaríamos de esto. No es exacto acusar a esa derecha de ser la sucesora de los que aniquilaron a los aquí refugiados. Pero, realmente, harían mucho más por cerrar las heridas si reconocieran que estos refugiados luchaban y morían por valores en los que hoy puede reconocerse nuestra democracia. Algo de lo que ninguna manera puede decirse de sus asesinos. ¿Por qué, entonces, la pretendida equidistancia? Es inquietante: que no se extrañen si se vuelven sospechosos hasta que renuncien a enarbolarla, hasta que, con los matices que quieran, no asuman también su inmolación.
Dice el historiador P. Ariés, a propósito de los monolitos a los caídos en la I Guerra Mundial, que "sin monumento a los muertos, no se puede celebrar la Victoria". Ni la derrota, apostillo. Porque algunos queremos celebrar, por fin, "nuestra" derrota, porque en ella hubo dignidad y ejemplo. Porque de aquella derrota, repito, salen las semillas de nuestra democracia. No es extraño que los defensores de la memoria, dirigidos aquí por la Comisión Cívica para la Recuperación de la Memoria Histórica, que merece todo el agradecimiento de los demócratas, estén solicitando monumentos: en el Puerto, en el Campo de los Almendros, en el Mercado. Sí: necesitamos hitos materiales a los que atar nuestros recuerdos, para que no se desborden. Su reivindicación ha sido, y es, un camino de obstáculos. ¿Pero no sería posible ir más allá? La memoria que me interesa -cultural, moral y hasta políticamente- es la memoria que se proyecte hacia el futuro, que sirva para hacer futuro. No en el sentido estrecho de reproducir hechos ocurridos hace 70 años: no será posible y sólo la nostalgia, compañera de la impotente, sacará provecho de algunos brindis, de algunas banderas. Prefiero usar de la memoria, obrada la justicia del recuerdo, para consolidar nuestros mismos valores democráticos en un sentido de progreso, avanzando consensos socialmente hegemónicos que puedan profundizar esa democracia, haciendo a mi ciudad más civilizada, más solidaria. Por eso me atrevo, reiterando mi apoyo a los monumentos planteados, a formular otras propuestas de "normalización de la memoria".
La primera sería la musealización integral de la ciudad de la Guerra Civil y de la primera postguerra, algo que ya se está haciendo en otros lugares. Con recorridos y visitas por refugios, vestigios de defensas, lugares de bombardeos... Un centro de interpretación debería ofrecer mapas, documentos y objetos de la vida cotidiana, junto con grabaciones musicales, películas, etc; el proyecto podría completarse con ediciones de historia oral, material de archivos o facsímiles. No debería ocultar las contradicciones inherentes a un tiempo difícil: en manos de historiadores competentes la presencia de las víctimas por la democracia acabaría teniendo un protagonismo incuestionable, aunque también se presenten otros hechos que intranquilicen -y hasta avergüencen- a los que nos sentimos herederos de los republicanos.
La segunda propuesta es más arriesgada: consiste en consagrar -he dudado en usar de esta palabra, pero, laicamente, me parece la adecuada- un espacio a los recuerdos más íntimos, a un silencio que trascienda un hecho histórico concreto -aun identificando en él su origen y justificación- y se convierta en una apelación contra toda guerra y opresión. Un posible lugar, tras una intervención a cargo de especialistas elegidos por concurso, serían los depósitos de Campsa en las entrañas de Serra Grossa: sus galerías asombrosas podrían albergar algunas salas con exposiciones o conciertos pero, sobre todo, sería un "jardín de piedra" habitado de rememoración. Y una pieza singular de arquitectura de la memoria.
La tercera iniciativa parte de la consideración dinámica de lo que ocurrió en el Puerto de Alicante: fue umbral de un inmenso exilio. Los que desde aquí partieron inauguraban un extrañamiento cruel y prolongado. Eso otorga a Alicante la calidad de símbolo: de todos los destierros originados en la Guerra Civil pero, también, si quisiéramos, de todos los destierros de la historia atormentada. Y de los actuales, que golpean a nuestra razón con cada siembra de desarraigo. Por eso sugiero un proyecto global: "Alicante: puerta del exilio", una estructura codirigida por instituciones diversas que, de manera permanente, organice acciones culturales y reflexivas para evocar y analizar exilios pasados y mostrar la solidaridad con los presentes.
Porque, al final, la gran lección irrenunciable es entender que aquellos sucesos fueron el resultado de procesos muy complejos pero, sobre todo, de la brutalidad de algunos verdugos dispuestos a convertir en víctimas a los que se alzaban en pos de una dignidad de la que casi no había memoria en sus familias, en su clase social. La pared que separa la civilización de la barbarie es muy tenue y Alicante tiene la obligación de recapacitar sobre cómo contribuir a fortalecerla, respondiendo a las voces de las raíces, imaginando cómo obrar sobre las conciencias de nuestros niños, de nuestros jóvenes, para que comprendan que nunca más una bolsa de limones puede ser el testimonio de una muerte que campaba a sus anchas por nuestras calles y nuestros cielos. Frente a esa responsabilidad no podemos seguir engañándonos con el olvido. No falta tanto para el 75 aniversario: ojalá entonces las cosas sean distintas.

Manuel Alcaraz Ramos es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Alicante.